El calendario marca hoy un número que pesa: 22. Son los años que han transcurrido desde aquel 6 de abril de 2004, cuando la vida de Luisa Tránsito Cruz de Castillo fue arrebatada. Para quienes quedamos de este lado, el tiempo no ha sido una línea recta de olvido, sino un ciclo de aprendizaje donde su ausencia se ha convertido, paradójicamente, en nuestra brújula más certera.
En estas dos décadas, la mayoría de sus hijos hemos cruzado el umbral de la paternidad. Es recién ahora, frente al espejo de nuestros propios hijos, cuando terminamos de dimensionar el peso real de su sacrificio. Hoy entendemos que su tiempo no era simplemente «estar», sino entregarse; que sus consejos no eran palabras al viento, sino el andamiaje sobre el que hoy sostenemos nuestras propias familias. Su falta de presencia física ha sido, en muchos momentos de duda, el silencio donde fuimos a buscar las respuestas que solo una madre posee.
Sin embargo, el camino hacia el homenaje no ha sido pacífico. En nuestro país, la justicia no es un bien que se reciba de forma natural; es una conquista que debe exigirse con el cuerpo y la voluntad. Recordamos con nitidez el impacto devastador de la primera instancia judicial: una «falta de mérito» que pretendió clausurar la verdad. Ese dolor, que se siente como un segundo ataque por parte del Estado, solo pudo revertirse gracias a la tenacidad inquebrantable de la familia. Fue la insistencia por todas las vías legales la que logró anular ese proceso y permitir que, después de años de silencio forzado, nuestra voz fuera finalmente escuchada.
Nada prepara a una familia para lo que se escucha en un debate oral. El sistema judicial suele estar diseñado para observar casi exclusivamente al victimario, analizar sus garantías y ponderar sus circunstancias. En esa estructura, las familias afectadas solemos ser testigos incómodos de nuestra propia tragedia. La víctima, muchas veces, es la gran ausente de su propio juicio.
Mi vínculo con Usina de Justicia nace de esa misma herida. Me uní a esta causa porque encontré un espacio donde se entiende que el proceso penal debe dejar de ser un monólogo del victimario para convertirse en un lugar de reparación. Hoy, al cumplirse 22 años de su partida, estas líneas no son solo un recordatorio de lo que perdimos, sino una reafirmación del compromiso por un sistema que no ignore a quienes quedan desamparados tras el delito.
Luisa Tránsito Cruz de Castillo no es un nombre más en un expediente que costó años movilizar. Es el motor de una exigencia que no claudica: que la justicia sea, finalmente, el acto de dar a cada uno lo que le corresponde, empezando por la dignidad de las víctimas.
Por Jair Emanuel Castillo
