Capacitación e Investigación

Los conspiradores por Hector Gambini para Clarín

21 de abril de 2016

Miércoles a la mañana. En la librería de una esquina de Palermo se juntan varias mesitas blancas y forman una sola mesa grande, para 20 personas. Sobre la mesa hay pocillos de café, anteojos, libretas, biromes, celulares en modo silencio.

Hay un clima de amable camaradería y alguien que habla con un micrófono inalámbrico mientras los demás asienten, aunque también disienten. Proponen cosas nuevas o formas de cambiar las viejas. Como la idea es reformar lo establecido, lo inamovible, lo “natural”, aunque funcione horrible, ésta es una reunión de conspiradores. Una jabonería de Vieytes siglo XXI para hacer una revolución en la Justicia: que el Estado les preste atención a las víctimas.

Nadie les contó lo que es el dolor, ni les enseñó cómo seguir. A casi todos la tragedia los zamarreó una madrugada de las solapas y los tiró desnudos a un océano helado y oscuro. Tragaron agua y aprendieron a flotar. Después a nadar. La costa a veces aparece a mano y a veces se aleja de nuevo. Por ahí se pisa tierra firme o se vuelve al agua. Pero ninguno aflojó y por eso están ahora en esta mesa que representa lo que son ellos. Una mesa grande hecha de muchas mesas chiquitas. Una voluntad común armada con expectativas individuales. Casi tierra firme.

En la mesa están la gente y las historias que nadie nombra. Las historias que les tocaron vivir y que los volvieron durante semanas tapas de los diarios, zócalos de los noticieros de TV, último momento en las radios:

La madre de un hijo atropellado por un conductor borracho que iba a fondo por Libertador.

El hijo de una familia -padre, madre, dos hermanos y un amiguito del hermano menor- quemada viva en su casa por un asesino enloquecido que roció combustible y prendió un fósforo por una discusión de negocios con el padre. El que está en la mesa es el único hermano que sobrevivió a la masacre (se tiró a la calle desde una ventana mientras la casa ardía), y el asesino lo sigue amenazando a él desde la cárcel, más de 20 años después.

La madre de las hijas del fiscal hallado muerto de un tiro en la cabeza en su departamento de Puerto Madero el día antes de denunciar a la ex Presidenta en el Congreso.

El padre de una hija asesinada por el hasta entonces siempre amable portero del edificio que un día quiso violarla y, como la chica se defendió, la mató y tiró su cuerpo en una bolsa de basura.

La madre de un hijo muerto por un ladrón en su casa de Caballito.

Los padres de otro hijo muerto por otro ladrón que le robó la bicicleta cuando el joven iba a trabajar.

Y así.

Y entonces Diana Cohen Agrest, la mamá del chico asesinado en Caballito, presenta a Sandra Arroyo Salgado, la mamá de las hijas de Nisman. Y ella expone sobre una idea para que el Estado, seriamente, de verdad y de modo formal e institucional, les preste atención a las víctimas y a sus familiares.

“Hay que crear un organismo nuevo que se ocupe exclusivamente de las víctimas. En un proceso penal, el fiscal representa a la sociedad, pero eso no quiere decir que se consustancie con el dolor personal de la víctima. Hoy nadie se ocupa de la parte emocional de quien ha perdido a un familiar. Las personas que están ahí, en esa situación, lo están porque el Estado ya les ha fallado. Si además no se les garantiza un proceso justo que los incluya en serio, las víctimas se revictimizan en una situación circular”, explica Arroyo Salgado.

Y suma argumentos: “La víctima llega desde un lugar de inferioridad al proceso, y el lugar que se le debe reconocer no cesa con una condena”.

También habla Julia Márquez, jueza de Ejecución Penal en Quilmes, que aporta un detalle inquietante. Por una resolución de 2010 del Ministerio de Justicia bonaerense, el informe sobre los presos que elabora el Servicio Penitenciario para que el juez tome en cuenta al momento de decidir sobre excarcelaciones o prisiones domiciliarias no considera los aspectos negativos que puedan surgir de pericias psicológicas porque éstos “pertenecen al secreto profesional”.

Así, la jueza que tiene que decidir una liberación lo hace con un ojo tapado. Lo malo no se lo ponen en el informe, porque la resolución considera que pertenece a la órbita privada del detenido. ¿Y el interés social? ¿Y las consecuencias públicas de una posible acción de ese hombre en libertad, que las pericias pueden anticipar pero mantienen en “secreto profesional”?

“Cuando pido informes psicológicos, la Cámara me niega el recurso diciendo que no puedo tener informes subjetivos de la personasino únicamente objetivos”, explica Márquez.

Y más: “Una víctima puede pasar muchos años hasta llegar a la condena y cuando ésta finalmente se consigue al imputado ya le corresponde la libertad condicional“.

Reflexiones sobre penas judiciales desde las entrañas de la Justicia.

“En las grandes construcciones jurídicas que elaboramos, a veces perdemos contacto con la realidad y con el sentido común. Por eso, cada hecho de justicia por mano propia es un nuevo fracaso del sistema. El sistema tiende a revictimizar a la víctima todo el tiempo y, como sabemos, el Derecho marcha detrás de los hechos. Por eso hay que plantear las modificaciones que sean necesarias”, considera la jueza.

Y habla de una justicia desbordada, con servicio deficiente. “En Quilmes la Oficina de Asistencia a la Víctima atiende a 200 personas por día. La gente que trabaja ahí hace de nexo entre la víctima y el fiscal, pero muchas veces los tiempos que se manejan se van de la lógica”.

La denuncia de violación de una nena presentada en diciembre de 2015, por ejemplo, tiene “turno” para un informe evaluatorio recién para fines de este año. Y no hay dónde derivar a una nena de 7 años víctima de abuso que intentó suicidarse. El Estado no tiene un organismo para atender su caso específico. Va a la casa, y que los padres se arreglen como puedan. Aunque no puedan.

“El Patronato de Liberados atiende a las personas que salen de la cárcel, y eventualmente está previsto hasta una ayuda económica para quien va a reinsertarse a la sociedad; pero si matan en un asalto a un padre de familia, que es sostén del hogar, ¿quién se ocupa de mantener a su familia? Nadie. El Estado, hoy, no contempla situaciones como ésa”, dice la jueza Márquez.

En la mesa, junto a los familiares de las víctimas, escuchan más funcionarios judiciales como Ricardo Sáenz, el fiscal general ante la Cámara del Crimen porteña.

La jueza Arroyo Salgado dice que “si algo no cierra desde el sentido común, siento que estamos resolviendo mal”, y que muchas veces desde la Justicia “se habla en un lenguaje que nadie entiende”.

Cada tanto, Arroyo Salgado sale de su rol, y lo aclara con una frase que repite varias veces durante la mañana: “Esto lo hablo como madre de Iara y Kala…”. Y en ese instante ya no es jueza, sino víctima, como quienes la escuchan. Es otra mesita en la mesa grande. Otra voz que pide cambios:

“Para que los grandes cambios ocurran es muy importante abrirse. Yo antes cuestionaba el juicio por jurados y ahora estoy a favor. La participación ciudadana es muy importante”.

Diana Cohen Agrest disiente. No le gusta que en la sentencia de un juicio por jurados pueda apelar el sospechoso si lo condenan, pero no las víctimas si lo absuelven. Es un sistema que no deja en igualdad de condiciones a las partes, cuestiona. Ella preside este espacio donde hoy se está juzgando a la justicia y donde siempre se contiene a las víctimas.Usina de justicia, se llama.

Cuando todo termina hay abrazos, intercambio de mails, teléfonos.

La jueza Márquez cuenta que a una de las chicas que trabaja en la oficina de asistencia a la víctima de Quilmes le dijeron que le costaría hacer ese trabajo “porque era demasiado sensible”. Si la Justicia cree que es mejor la gente insensible para atender víctimas entonces el problema es serio. Y en la nueva jabonería de Vieytes tienen razón.

Afuera la ciudad late en su pulso diario y todos vuelven a lo suyo. Cada uno sabe que en esta esquina de Palermo acaba de darse otra batalla contra la indiferencia, pero no saben lo que va a ocurrir 15 horas después, en San Martín: el jueves a las 3 de la mañana, un grupo de ladrones se metió en una casa y el hombre que vivía ahí se asomó por una ventana. Lo mataron a tiros. Cuatro de los detenidos ya habían sido arrestados y liberados por la Justicia apenas 20 días atrás. Juan Manuel Miranda, la víctima, era docente y tenía 30 años.

Su historia y la de cada víctima que se sume hoy, mañana, el martes, sobrevuelan también la mesa de los conspiradores, la mesa donde cualquiera de nosotros puede sentarse en cualquier momento. Porque sería una revolución que la Justicia contemple en serio a las víctimas. La revolución de los conspiradores que conspiran contra lo que está mal hecho.